Todos tenemos (o algún día tendremos)
nuestros días de gloria. Esos días que recordamos con extrema felicidad y
cierta melancolía ya que sabemos que nunca se repetirá algo así. Al ver la
gente con la que pasamos esos días una dulce sensación de añoranza nos cubre.
Pero por otro lado rememorar unos segundos de esa temporada también nos puede
dar esperanza para el futuro, para poder luchar para que algo parecido suceda.
Pero ya se sabe que ese tipo de instantes son chispas en la noche, se encienden
y se apagan, son efímeras como los minutos. Por mucho que queramos atrapar
nuestros días de gloria, no hay nada que podamos hacer excepto rescatarlos de
las telarañas de la memoria de vez en cuando.

Londres fue el sitio de esos días para
alguien de mi familia. Últimamente esos recuerdos han sido sacudidos por la
muerte de una de las compañeras junto a las que vivió dichos días. Ha sido como
si uno de los muros del cuento de hadas se derrumbara. Como si una de las
partes más importantes se desvanecieran. Tristeza por no haber tenido tiempo de
hablar con ella y decirle que ojalá el tiempo pudiera volver para reunirse
todos junto a una mesa. Hablar de las tonterías más simples ya hubiera sido
suficiente.
Cuando una de las personas de las personas
junto a las que vivimos nuestros días de gloria pasa justamente eso, algo se
derrumba bajo nuestros pies. Como si esa nube de felicidad estuviera tan lejos
que fuera irrecuperable.
A veces, me gusta coger los álbumes de fotos
de los años 1991 y 1992. Mirar cómo vivió en Londres mi padre, con quién, los
sitios por los que paseó. Ver su sonrisa junto a sus mejores amigos, a los que difícilmente
ve. Por eso, ahora que una de ellas se ha ido, escribo esto, para no olvidar.
Para intentar captar todo ese tipo de instantes, que un día u otro
recordaremos como los días de gloria.